
Allí donde no se es nada más que su ser propio, allí era. Allí con tremenda rapidez, cientos de líneas de fuerza peinaban mi ser, que nunca llegaba a reconstruirse lo bastante rápido, que en el momento de reconstruirse era rastrillado por una nueva hilera de líneas como con un rastrillo, y otra vez más, y otra más […] Como en un flash, recordé ese aspecto tan característico de los dementes despeinados, a los que no sólo el viento deja así o las manos divagantes o la incuria, sino la imperiosa necesidad interior de traducir, al menos de ese modo, el rápido e infernal peinado-despeinado de su ser indefinidamente martirizado, atravesado, trefilado. Así, y siempre a esa velocidad incesante, inhumana, me veía asaltado, agujereado por la taladradora eléctrica que perforaba su camino en lo más personal de la esencia de mi persona. Apresado, no en algo humano, sino en una especie de frenético agitador mecánico, en una desmigadora-moledora-amasadora, tratado como el metal de una fábrica, como el agua en una turbina, como el viento en un fuelle, como una raíz en una desfibradora automática, como el hierro bajo el movimiento infatigable de las fresas de acero al tallar los engranajes. ¡Pero debía estar en guardia! Como una curruca en la estela turbulenta de las hélices de un cuatrimotor, como una hormiga comprimida bajo las aguas aplastantes de una compuerta, como no sé qué, como nadie.
Henri Michaux, Miserable milagro (la mescalina)









